Lectura 1 de 4 · En familia

Deuteronomio 24

1Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa torpe, le escribirá carta de repudio, y se la entregará en su mano, y despedirála de su casa. 2Y salida de su casa, podrá ir y casarse con otro hombre. 3Y si la aborreciere aqueste último, y le escribiere carta de repudio, y se la entregare en su mano, y la despidiere de su casa; o si muriere el postrer hombre que la tomó para sí por mujer, 4No podrá su primer marido, que la despidió, volverla a tomar para que sea su mujer, después que fue amancillada; porque es abominación delante de Jehová, y no has de pervertir la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad. 5Cuando tomare alguno mujer nueva, no saldrá a la guerra, ni en ninguna cosa se le ocupará; libre estará en su casa por un año, para alegrar a su mujer que tomó. 6No tomarás en prenda la muela de molino, ni la de abajo ni la de arriba: porque sería prendar la vida. 7Cuando fuere hallado alguno que haya hurtado persona de sus hermanos los hijos de Israel, y hubiere mercadeado con ella, o la hubiere vendido, el tal ladrón morirá, y quitarás el mal de en medio de ti. 8Guárdate de llaga de lepra, observando diligentemente, y haciendo según todo lo que os enseñaren los sacerdotes Levitas: cuidaréis de hacer como les he mandado. 9Acuérdate de lo que hizo Jehová tu Dios a María en el camino, después que salisteis de Egipto. 10Cuando dieres a tu prójimo alguna cosa emprestada, no entrarás en su casa para tomarle prenda: 11Fuera estarás, y el hombre a quien prestaste, te sacará afuera la prenda. 12Y si fuere hombre pobre, no duermas con su prenda: 13Precisamente le devolverás la prenda cuando el sol se ponga, para que duerma en su ropa, y te bendiga: y te será justicia delante de Jehová tu Dios. 14No hagas agravio al jornalero pobre y menesteroso, así de tus hermanos como de tus extranjeros que están en tu tierra en tus ciudades: 15En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo: pues es pobre, y con él sustenta su vida: porque no clame contra ti a Jehová, y sea en ti pecado. 16Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado. 17No torcerás el derecho del peregrino y del huérfano; ni tomarás por prenda la ropa de la viuda: 18Mas acuérdate que fuiste siervo en Egipto, y de allí te rescató Jehová tu Dios: por tanto, yo te mando que hagas esto. 19Cuando segares tu mies en tu campo, y olvidares alguna gavilla en el campo, no volverás a tomarla: para el extranjero, para el huérfano, y para la viuda será; porque te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos. 20Cuando sacudieres tus olivas, no recorrerás las ramas tras ti: para el extranjero, para el huérfano, y para la viuda será. 21Cuando vendimiares tu viña, no rebuscarás tras ti: para el extranjero, para el huérfano, y para la viuda será. 22Y acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto: por tanto, yo te mando que hagas esto.
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Salmos 112-113 (cap. 112)

1Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera. 2Su simiente será poderosa en la tierra: la generación de los rectos será bendita. 3Hacienda y riquezas hay en su casa; y su justicia permanece para siempre. 4Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos: es clemente, y misericordioso, y justo. 5El hombre de bien tiene misericordia y presta; gobierna sus cosas con juicio. 6Por lo cual no resbalará para siempre: en memoria eterna será el justo. 7De mala fama no tendrá temor: su corazón está apercibido, confiado en Jehová. 8Asentado está su corazón, no temerá, hasta que vea en sus enemigos su deseo. 9Esparce, da a los pobres: su justicia permanece para siempre; su cuerno será ensalzado en gloria. 10Verálo el impío, y se despechará; crujirá los dientes, y se repudrirá: perecerá el deseo de los impíos.
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Salmos 112-113 (cap. 113)

1Alabad, siervos de Jehová, alabad el nombre de Jehová. 2Sea el nombre de Jehová bendito, desde ahora y para siempre. 3Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová. 4Alto sobre todas las naciones es Jehová; sobre los cielos su gloria. 5¿Quién como Jehová nuestro Dios, que ha enaltecido su habitación, 6Que se humilla a mirar en el cielo y en la tierra? 7El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del estiércol, 8Para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo. 9El hace habitar en familia a la estéril, gozosa en ser madre de hijos. Aleluya.
Lectura 3 de 4 · Personal

Isaías 51

1Oidme, los que seguís justicia, los que buscáis a Jehová: mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, y a la caverna de la fosa de donde fuisteis arrancados. 2Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os parió; porque solo lo llamé, y bendíjelo, y multipliquélo. 3Ciertamente consolará Jehová a Sion: consolará todas sus soledades, y tornará su desierto como paraíso, y su soledad como huerto de Jehová: hallarse ha en ella alegría y gozo, alabanza y voz de cantar. 4Estad atentos a mí, pueblo mío, y oidme, nación mía; porque de mí saldrá la ley, y mi juicio descubriré para luz de pueblos. 5Cercana está mi justicia, salido ha mi salud, y mis brazos juzgarán a los pueblos: a mí esperarán las islas, y en mi brazo pondrán su esperanza. 6Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra: porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores: mas mi salud será para siempre, mi justicia no perecerá. 7Oidme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley. No temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus denuestos. 8Porque como a vestidura los comerá polilla, como a lana los comerá gusano; mas mi justicia permanecerá perpetuamente, y mi salud por siglos de siglos. 9Despiértate, despiértate, vístete de fortaleza, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en los siglos pasados. ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al dragón? 10¿No eres tú el que secó la mar, las aguas del grande abismo; el que al profundo de la mar tornó en camino, para que pasasen los redimidos? 11Cierto, tornarán los redimidos de Jehová, volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo será sobre sus cabezas: poseerán gozo y alegría, y el dolor y el gemido huirán. 12Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, del hijo del hombre, que por heno será contado? 13Y haste ya olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir: mas ¿en dónde está el furor del que aflige? 14El preso se da prisa para ser suelto, por no morir en la mazmorra, ni que le falte su pan. 15Empero yo Jehová, que parto la mar, y suenan sus ondas, soy tu Dios, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos. 16Y en tu boca he puesto mis palabras, y con la sombra de mi mano te cubrí, para que plantase los cielos y fundase la tierra, y que dijese a Sion: Pueblo mío eres tú. 17Despierta, despierta, levántate, oh Jerusalem, que bebiste de la mano de Jehová el cáliz de su furor; las heces del cáliz de aturdimiento bebiste, y chupaste. 18De todos los hijos que parió, no hay quien la gobierne; ni quien la tome por su mano de todos los hijos que crio. 19Estas dos cosas te han acaecido; ¿quién se dolerá de ti? asolamiento y quebrantamiento, hambre y espada. ¿Quién te consolará? 20Tus hijos desmayaron, estuvieron tendidos en las encrucijadas de todos los caminos, como buey montaraz en la red, llenos del furor de Jehová, de la ira del Dios tuyo. 21Oye pues ahora esto, miserable, ebria, y no de vino: 22Así dijo tu Señor Jehová, y tu Dios, el cual pleitea por su pueblo: He aquí he quitado de tu mano el cáliz de aturdimiento, la hez del cáliz de mi furor; nunca más lo beberás: 23Y ponerlo he en mano de tus angustiadores, que dijeron a tu alma: Encórvate, y pasaremos. Y tú pusiste tu cuerpo como tierra, y como camino, a los que pasan.
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Apocalipsis 21

1Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es. 2Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. 3Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos. 4Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas. 5Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. 6Y díjome: Hecho es. Yo soy Alpha y Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré de la fuente del agua de vida gratuitamente. 7El que venciere, poseerá todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo. 8Mas a los temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros, y a los idólatras, y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda. 9Y vino a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete postreras plagas, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la esposa, mujer del Cordero. 10Y llevóme en Espíritu a un grande y alto monte, y me mostró la grande ciudad santa de Jerusalem, que descendía del cielo de Dios, 11Teniendo la claridad de Dios: y su luz era semejante a una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal. 12Y tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres escritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. 13Al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al poniente tres puertas. 14Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de una caña de oro para medir la ciudad, y sus puertas, y su muro. 16Y la ciudad está situada y puesta en cuadro, y su largura es tanta como su anchura: y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios: la largura y la altura y la anchura de ella son iguales. 17Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es del ángel. 18Y el material de su muro era de jaspe: mas la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio. 19Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados de toda piedra preciosa. El primer fundamento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; 20El quinto, sardónica; el sexto, sardio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. 21Y las doce puertas eran doce perlas, en cada una, una; cada puerta era de una perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio trasparente. 22Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. 23Y la ciudad no tenía necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella: porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera. 24Y las naciones que hubieren sido salvas andarán en la lumbre de ella: y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. 25Y sus puertas nunca serán cerradas de día, porque allí no habrá noche. 26Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. 27No entrará en ella ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira; sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero.

El plan McCheyne organiza el día en dos pistas: las primeras lecturas para el culto en familia y las demás para la devoción personal.

En familia
Deuteronomio 24 · Salmos 112-113
Personales
Isaías 51 · Apocalipsis 21