Lectura 1 de 4 · En familia

1 Samuel 20

1Y David huyó de Najoth que es en Rama, y vínose delante de Jonathán, y dijo: ¿Qué he hecho yo? ¿cuál es mi maldad, o cuál mi pecado contra tu padre, que él busca mi vida? 2Y él le dijo: En ninguna manera; no morirás. He aquí que mi padre ninguna cosa hará, grande ni pequeña, que no me la descubra: ¿por qué pues me encubrirá mi padre este negocio? No será así. 3Y David volvió a jurar, diciendo: Tu padre sabe claramente que yo he hallado gracia delante de tus ojos, y dirá: No sepa esto Jonathán, porque no tenga pesar: y ciertamente, vive Jehová y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mí y la muerte. 4Y Jonathán dijo a David: ¿Qué discurre tu alma, y harélo por ti? 5Y David respondió a Jonathán: He aquí que mañana será nueva luna, y yo acostumbro sentarme con el rey a comer: mas tú dejarás que me esconda en el campo hasta la tarde del tercer día. 6Si tu padre hiciere mención de mí, dirás: Rogóme mucho que lo dejase ir presto a Beth-lehem su ciudad, porque todos los de su linaje tienen allá sacrificio aniversario. 7Si él dijere, Bien está, paz tendrá tu siervo; mas si se enojare, sabe que la malicia es en él consumada. 8Harás pues misericordia con tu siervo, ya que has traído tu siervo a alianza de Jehová contigo: y si maldad hay en mí mátame tú, que no hay necesidad de llevarme hasta tu padre. 9Y Jonathán le dijo: Nunca tal te suceda; antes bien, si yo entendiera ser consumada la malicia de mi padre, para venir sobre ti, ¿no había yo de descubrírtelo? 10Dijo entonces David a Jonathán: ¿Quién me dará aviso? o ¿qué si tu padre te respondiere ásperamente? 11Y Jonathán dijo a David: Ven, salgamos al campo. Y salieron ambos al campo. 12Entonces dijo Jonathán a David: Oh Jehová Dios de Israel, cuando habré yo preguntado a mi padre mañana a esta hora, o después de mañana, y él apareciere bien para con David, si entonces no enviare a ti, y te lo descubriere, 13Jehová haga así a Jonathán, y esto añada. Mas si a mi padre pareciere bien hacerte mal, también te lo descubriré, y te enviaré, y te irás en paz: y sea Jehová contigo, como fue con mi padre. 14Y si yo viviere, harás conmigo misericordia de Jehová; mas si fuere muerto, 15No quitarás perpetuamente tu misericordia de mi casa. Cuando desarraigare Jehová uno por uno los enemigos de David de la tierra, aun a Jonathán quite de su casa, si te faltare. 16Así hizo Jonathán alianza con la casa de David, diciendo: Requiéralo Jehová de la mano de los enemigos de David. 17Y tornó Jonathán a jurar a David, porque le amaba, porque le amaba como a su alma. 18Díjole luego Jonathán: Mañana es nueva luna, y tú serás echado de menos, porque tu asiento estará vacío. 19Estarás pues tres días, y luego descenderás, y vendrás al lugar donde estabas escondido el día de trabajo, y esperarás junto a la piedra de Ezel; 20Y yo tiraré tres saetas hacia aquel lado, como ejercitándome al blanco. 21Y luego enviaré el criado diciéndole: Ve, busca las saetas. Y si dijere al mozo: He allí las saetas más acá de ti, tómalas: tú vendrás, porque paz tienes, y nada hay de mal, vive Jehová. 22Mas si yo dijere al mozo así: He allí las saetas más allá de ti: vete, porque Jehová te ha enviado. 23Y cuanto a las palabras que yo y tú hemos hablado, sea Jehová entre mí y ti para siempre. 24David pues se escondió en el campo, y venida que fue la nueva luna, sentóse el rey a comer pan. 25Y el rey se sentó en su silla, como solía, en el asiento junto a la pared, y Jonathán se levantó, y sentóse Abner al lado de Saúl, y el lugar de David estaba vacío. 26Mas aquel día Saúl no dijo nada, porque se decía: Habrále acontecido algo, y no está limpio; no estará purificado. 27El día siguiente, el segundo día de la nueva luna, aconteció también que el asiento de David estaba vacío. Y Saúl dijo a Jonathán su hijo: ¿Por qué no ha venido a comer el hijo de Isaí hoy ni ayer? 28Y Jonathán respondió a Saúl: David me pidió encarecidamente le dejase ir hasta Beth-lehem. 29Y dijo: Ruégote que me dejes ir, porque tenemos sacrificio los de nuestro linaje en la ciudad, y mi hermano mismo me lo ha mandado; por tanto, si he hallado gracia en tus ojos, haré una escapada ahora, y visitaré a mis hermanos. Por esto pues no ha venido a la mesa del rey. 30Entonces Saúl se enardeció contra Jonathán, y díjole: Hijo de la perversa y rebelde, ¿no sé yo que tú has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya, y para confusión de la vergüenza de tu madre? 31Porque todo el tiempo que el hijo de Isaí viviere sobre la tierra, ni tú serás firme, ni tu reino. Envía pues ahora, y tráemelo, porque ha de morir. 32Y Jonathán respondió a su padre Saúl, y díjole: ¿Por qué morirá? ¿qué ha hecho? 33Entonces Saúl le arrojó una lanza por herirlo: de donde entendió Jonathán que su padre estaba determinado a matar a David. 34Y levantóse Jonathán de la mesa con exaltada ira, y no comió pan el segundo día de la nueva luna: porque tenía dolor a causa de David, porque su padre le había afrentado. 35Al otro día de mañana, salió Jonathán al campo, al tiempo aplazado con David, y un mozo pequeño con él. 36Y dijo a su mozo: Corre y busca las saetas que yo tirare. Y como el muchacho iba corriendo, él tiraba la saeta que pasara más allá de él. 37Y llegando el muchacho adonde estaba la saeta que Jonathán había tirado, Jonathán dio voces tras el muchacho, diciendo: ¿No está la saeta más allá de ti? 38Y tornó a gritar Jonathán tras el muchacho: Date priesa, aligera, no te pares. Y el muchacho de Jonathán cogió las saetas, y vínose a su señor. 39Empero ninguna cosa entendió el muchacho: solamente Jonathán y David entendían el negocio. 40Luego dio Jonathán sus armas a su muchacho, y díjole: Vete y llévalas a la ciudad. 41Y luego que el muchacho se hubo ido, se levantó David de la parte del mediodía, e inclinóse tres veces postrándose hasta la tierra: y besándose el uno al otro, lloraron el uno con el otro, aunque David lloró más. 42Y Jonathán dijo a David: Vete en paz, que ambos hemos jurado por el nombre de Jehová, diciendo: Jehová sea entre mí y ti, entre mi simiente y la simiente tuya, para siempre. Y él se levantó y fuése: y Jonathán se entró en la ciudad.
Lectura 2 de 4 · En familia

1 Corintios 2

1Así que, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con altivez de palabra, o de sabiduría, a anunciaros el testimonio de Cristo. 2Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado. 3Y estuve yo con vosotros con flaqueza, y mucho temor y temblor; 4Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder; 5Para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios. 6Empero hablamos sabiduría entre perfectos; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que se deshacen: 7Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria: 8La que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de gloria: 9Antes, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman. 10Empero Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu: porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. 11Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. 12Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado; 13Lo cual también hablamos, no con doctas palabras de humana sabiduría, mas con doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. 14Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente. 15Empero el espiritual juzga todas las cosas; mas él no es juzgado de nadie. 16Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿quién le instruyó? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.
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Lamentaciones 5

1Acuérdate, oh Jehová, de lo que nos ha sucedido: ve y mira nuestro oprobio. 2Nuestra heredad se ha vuelto a extraños, nuestras casas a forasteros. 3Huérfanos somos sin padre, nuestras madres como viudas. 4Nuestra agua bebemos por dinero; nuestra leña por precio compramos. 5Persecución padecemos sobre nuestra cerviz: nos cansamos, y no hay para nosotros reposo. 6Al Egipcio y al Asirio dimos la mano, para saciarnos de pan. 7Nuestros padres pecaron, y son muertos; y nosotros llevamos sus castigos. 8Siervos se enseñorearon de nosotros; no hubo quien de su mano nos librase. 9Con peligro de nuestras vidas traíamos nuestro pan delante del cuchillo del desierto. 10Nuestra piel se ennegreció como un horno a causa del ardor del hambre. 11Violaron a las mujeres en Sion, a las vírgenes en las ciudades de Judá. 12A los príncipes colgaron por su mano; no respetaron el rostro de los viejos. 13Llevaron los mozos a moler, y los muchachos desfallecieron en la leña. 14Los ancianos cesaron de la puerta, los mancebos de sus canciones. 15Cesó el gozo de nuestro corazón; nuestro corro se tornó en luto. 16Cayó la corona de nuestra cabeza: ¡ay ahora de nosotros! porque pecamos. 17Por esto fue entristecido nuestro corazón, por esto se entenebrecieron nuestros ojos: 18Por el monte de Sion que está asolado; zorras andan en él. 19Mas tú, Jehová, permanecerás para siempre: tu trono de generación en generación. 20¿Por qué te olvidarás para siempre de nosotros, y nos dejarás por largos días? 21Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos: renueva nuestros días como al principio. 22Porque repeliendo nos has desechado; te has airado contra nosotros en gran manera.
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Salmo 36

1La iniquidad del impío me dice al corazón: No hay temor de Dios delante de sus ojos. 2Lisonjéase, por tanto, en sus propios ojos, hasta que su iniquidad sea hallada aborrecible. 3Las palabras de su boca son iniquidad y fraude; no quiso entender para bien hacer. 4Iniquidad piensa sobre su cama; está en camino no bueno, el mal no aborrece. 5Jehová, hasta los cielos es tu misericordia; tu verdad hasta las nubes. 6Tu justicia como los montes de Dios, tus juicios abismo grande: oh Jehová, al hombre y al animal conservas. 7¡Cuán ilustre, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. 8Embriagarse han de la grosura de tu casa; y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. 9Porque contigo está el manantial de la vida: en tu luz veremos la luz. 10Extiende tu misericordia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón. 11No venga contra mí pie de soberbia; y mano de impíos no me mueva. 12Allí cayeron los obradores de iniquidad; fueron rempujados, y no pudieron levantarse.

El plan McCheyne organiza el día en dos pistas: las primeras lecturas para el culto en familia y las demás para la devoción personal.

En familia
1 Samuel 20 · 1 Corintios 2
Personales
Lamentaciones 5 · Salmo 36