Lectura 1 de 4 · En familia

2 Reyes 6

1Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar en que moramos contigo nos es estrecho. 2Vamos ahora al Jordán, y tomemos de allí cada uno una viga, y hagámonos allí lugar en que habitemos. Y él dijo: Andad. 3Y dijo uno: Rogámoste que quieras venir con tus siervos. Y él respondió: Yo iré. 4Fuése pues con ellos; y como llegaron al Jordán, cortaron la madera. 5Y aconteció que derribando uno un árbol, cayósele el hacha en el agua; y dio voces, diciendo: ¡Ah, señor mío, que era emprestada! 6Y el varón de Dios dijo: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo, y echólo allí; e hizo nadar el hierro. 7Y dijo: Tómalo. Y él tendió la mano, y tomólo. 8Tenía el rey de Siria guerra contra Israel, y consultando con sus siervos, dijo: En tal y tal lugar estará mi campamento. 9Y el varón de Dios envió a decir al rey de Israel: Mira que no pases por tal lugar, porque los Siros van allí. 10Entonces el rey de Israel envió a aquel lugar que el varón de Dios había dicho y amonestádole; y guardóse de allí, no una vez ni dos. 11Y el corazón del rey de Siria fue turbado de esto; y llamando a sus siervos, díjoles: ¿No me declararéis vosotros quién de los nuestros es del rey de Israel? 12Entonces uno de los siervos dijo: No, rey señor mío; sino que el profeta Eliseo está en Israel, el cual declara al rey de Israel las palabras que tú hablas en tu más secreta cámara. 13Y él dijo: Id, y mirad dónde está, para que yo envíe a tomarlo. Y fuéle dicho: He aquí él está en Dothán. 14Entonces envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un grande ejército, los cuales vinieron de noche, y cercaron la ciudad. 15Y levantándose de mañana el que servía al varón de Dios, para salir, he aquí el ejército que tenía cercada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? 16Y él le dijo: No hayas miedo: porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. 17Y oró Eliseo, y dijo: Ruégote, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del mozo, y miró: y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo. 18Y luego que los Siros descendieron a él, oró Eliseo a Jehová, y dijo: Ruégote que hieras a esta gente con ceguedad. E hiriólos con ceguedad, conforme al dicho de Eliseo. 19Después les dijo Eliseo: No es este el camino, ni es esta la ciudad; seguidme, que yo os guiaré al hombre que buscáis. Y guiólos a Samaria. 20Y así que llegaron a Samaria, dijo Eliseo: Jehová, abre los ojos de estos, para que vean. Y Jehová abrió sus ojos, y miraron, y halláronse en medio de Samaria. 21Y cuando el rey de Israel los hubo visto, dijo a Eliseo: ¿Herirélos, padre mío? 22Y él le respondió: No los hieras; ¿herirías tú a los que tomaste cautivos con tu espada y con tu arco? Pon delante de ellos pan y agua, para que coman y beban, y se vuelvan a sus señores. 23Entonces les fue aparejada grande comida: y como hubieron comido y bebido, enviólos, y ellos se volvieron a su señor. Y nunca más vinieron cuadrillas de Siria a la tierra de Israel. 24Después de esto aconteció, que Ben-adad rey de Siria juntó todo su ejército, y subió, y puso cerco a Samaria. 25Y hubo grande hambre en Samaria, teniendo ellos cerco sobre ella; tanto, que la cabeza de un asno era vendida por ochenta piezas de plata, y la cuarta de un cabo de estiércol de palomas por cinco piezas de plata. 26Y pasando el rey de Israel por el muro, una mujer le dio voces, y dijo: Salva, rey señor mío. 27Y él dijo: Si no te salva Jehová, ¿de dónde te tengo de salvar yo? ¿del alfolí, o del lagar? 28Y díjole el rey: ¿Qué tienes? Y ella respondió: Esta mujer me dijo: Da acá tu hijo, y comámoslo hoy, y mañana comeremos el mío. 29Cocimos pues mi hijo, y le comimos. El día siguiente yo le dije: Da acá tu hijo, y comámoslo. Mas ella ha escondido su hijo. 30Y como el rey oyó las palabras de aquella mujer, rasgó sus vestidos, y pasó así por el muro: y llegó a ver el pueblo el saco que traía interiormente sobre su carne. 31Y él dijo: Así me haga Dios, y así me añada, si la cabeza de Eliseo hijo de Saphat quedare sobre él hoy. 32Estaba a la sazón Eliseo sentado en su casa, y con él estaban sentados los ancianos: y el rey envió a él un hombre. Mas antes que el mensajero viniese a él, dijo él a los ancianos: ¿No habéis visto cómo este hijo del homicida me envía a quitar la cabeza? Mirad pues, y cuando viniere el mensajero, cerrad la puerta, e impedidle la entrada: ¿no viene tras él el ruido de los pies de su amo? 33Aun estaba él hablando con ellos, y he aquí el mensajero que descendía a él; y dijo: Ciertamente este mal de Jehová viene. ¿Para qué tengo de esperar más a Jehová?
Lectura 2 de 4 · En familia

1 Timoteo 3

1Palabra fiel: Si alguno apetece obispado, buena obra desea. 2Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una mujer, solícito, templado, compuesto, hospedador, apto para enseñar; 3No amador del vino, no heridor, no codicioso de torpes ganancias, sino moderado, no litigioso, ajeno de avaricia; 4Que gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda honestidad; 5(Porque el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?) 6No un neófito, porque inflándose no caiga en juicio del diablo. 7También conviene que tenga buen testimonio de los extraños, porque no caiga en afrenta y en lazo del diablo. 8Los diáconos asimismo, deben ser honestos, no bilingües, no dados a mucho vino, no amadores de torpes ganancias; 9Que tengan el misterio de la fe con limpia conciencia. 10Y estos también sean antes probados; y así ministren, si fueren sin crimen. 11Las mujeres asimismo, honestas, no detractoras, templadas, fieles en todo. 12Los diáconos sean maridos de una mujer, que gobiernen bien sus hijos y sus casas. 13Porque los que bien ministraren, ganan para sí buen grado, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús. 14Esto te escribo con esperanza que iré presto a ti: 15Y si no fuere tan presto, para que sepas cómo te conviene conversar en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y apoyo de la verdad. 16Y sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado a los Gentiles; ha sido creído en el mundo; ha sido recibido en gloria.
Lectura 3 de 4 · Personal

Daniel 10

1En el tercer año de Ciro rey de Persia, fue revelada palabra a Daniel, cuyo nombre era Beltsasar; y la palabra era verdadera, mas el tiempo fijado era largo: él empero comprendió la palabra, y tuvo inteligencia en la visión. 2En aquellos días yo Daniel me contristé por espacio de tres semanas. 3No comí pan delicado, ni entró carne ni vino en mi boca, ni me unté con ungüento, hasta que se cumplieron tres semanas de días. 4Y a los veinte y cuatro días del mes primero estaba yo a la orilla del gran río Hiddekel; 5Y alzando mis ojos miré, y he aquí un varón vestido de lienzos, y ceñidos sus lomos de oro de Uphaz: 6Y su cuerpo era como piedra de Tarsis, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de metal resplandeciente, y la voz de sus palabras como la voz de ejército. 7Y solo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo; sino que cayó sobre ellos un gran temor, y huyeron, y escondiéronse. 8Quedé pues yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó en mí esfuerzo; antes mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno. 9Empero oí la voz de sus palabras: y oyendo la voz de sus palabras, estaba yo adormecido sobre mi rostro, y mi rostro en tierra. 10Y, he aquí, una mano me tocó, e hizo que me moviese sobre mis rodillas, y sobre las palmas de mis manos. 11Y díjome: Daniel, varón de deseos, está atento a las palabras que te hablaré, y levántate sobre tus pies; porque a ti he sido enviado ahora. Y estando hablando conmigo esto, yo estaba temblando. 12Y díjome: Daniel, no temas: porque desde el primer día que diste tu corazón a entender, y a afligirte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo soy venido. 13Mas el príncipe del reino de Persia se puso contra mí veintiún días: y he aquí, Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y yo quedé allí con los reyes de Persia. 14Soy pues venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días; porque la visión es aún para días. 15Y estando hablando conmigo semejantes palabras, puse mis ojos en tierra, y enmudecí. 16Mas he aquí, como una semejanza de hijo de hombre tocó mis labios. Entonces abrí mi boca, y hablé, y dije a aquel que estaba delante de mí: Señor mío, con la visión se revolvieron mis dolores sobre mí, y no me quedó fuerza. 17¿Cómo pues podrá el siervo de mi señor hablar con este mi señor? porque al instante me faltó la fuerza, y no me ha quedado aliento. 18Y aquella como semejanza de hombre me tocó otra vez, y me confortó; 19Y díjome: Varón de deseos, no temas: paz a ti; ten buen ánimo, y aliéntate. Y hablando él conmigo cobré yo vigor, y dije: Hable mi señor, porque me has fortalecido. 20Y dijo: ¿Sabes por qué he venido a ti? Porque luego tengo de volver para pelear con el príncipe de los Persas; y en saliendo yo, luego viene el príncipe de Grecia. 21Empero yo te declararé lo que está escrito en la escritura de verdad: y ninguno hay que se esfuerce conmigo en estas cosas, sino Miguel vuestro príncipe.
Lectura 4 de 4 · Personal

Salmo 119:1-24

1Bienaventurados los perfectos de camino; los que andan en la ley de Jehová. 2Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan: 3Pues no hacen iniquidad los que andan en sus caminos. 4Tú encargaste que sean muy guardados tus mandamientos. 5¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos a observar tus estatutos! 6Entonces no sería yo avergonzado, cuando atendiese a todos tus mandamientos. 7Te alabaré con rectitud de corazón, cuando aprendiere los juicios de tu justicia. 8Tus estatutos guardaré: no me dejes enteramente. 9¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. 10Con todo mi corazón te he buscado: no me dejes divagar de tus mandamientos. 11En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti. 12Bendito tú, oh Jehová: enséñame tus estatutos. 13Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca. 14Heme gozado en el camino de tus testimonios, como sobre toda riqueza. 15En tus mandamientos meditaré, consideraré tus caminos. 16Recrearéme en tus estatutos: no me olvidaré de tus palabras. 17Haz bien a tu siervo; que viva y guarde tu palabra. 18Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. 19Advenedizo soy yo en la tierra: no encubras de mí tus mandamientos. 20Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo. 21Destruiste a los soberbios malditos, que se desvían de tus mandamientos. 22Aparta de mí oprobio y menosprecio; porque tus testimonios he guardado. 23Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí: mas tu siervo meditaba en tus estatutos. 24Pues tus testimonios son mis deleites, y mis consejeros.

El plan McCheyne organiza el día en dos pistas: las primeras lecturas para el culto en familia y las demás para la devoción personal.

En familia
2 Reyes 6 · 1 Timoteo 3
Personales
Daniel 10 · Salmo 119:1-24