Lectura 1 de 4 · En familia
Génesis 28
1Entonces Isaac llamó a Jacob, y bendíjolo, y mandóle diciendo: No tomes mujer de las hijas de Canaán. 2Levántate, ve a Padan-aram, a casa de Bethuel, padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Labán, hermano de tu madre. 3Y el Dios omnipotente te bendiga, y te haga fructificar, y te multiplique, hasta venir a ser congregación de pueblos; 4Y te dé la bendición de Abraham, y a tu simiente contigo, para que heredes la tierra de tus peregrinaciones, que Dios dio a Abraham. 5Así envió Isaac a Jacob, el cual fue a Padan-aram, a Labán, hijo de Bethuel Arameo, hermano de Rebeca, madre de Jacob y de Esaú. 6Y vio Esaú cómo Isaac había bendecido a Jacob, y le había enviado a Padan-aram, para tomar para sí mujer de allí; y que cuando le bendijo, le había mandado, diciendo: No tomarás mujer de las hijas de Canaán; 7Y que Jacob había obedecido a su padre y a su madre, y se había ido a Padan-aram. 8Vio asimismo Esaú que las hijas de Canaán parecían mal a Isaac su padre; 9Y fuése Esaú a Ismael, y tomó para sí por mujer a Mahaleth, hija de Ismael, hijo de Abraham, hermana de Nabaioth, además de sus otras mujeres. 10Y salió Jacob de Beer-seba, y fue a Harán; 11Y encontró con un lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto: y tomó de las piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y acostóse en aquel lugar. 12Y soñó, y he aquí una escala que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo: y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. 13Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac: la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu simiente. 14Y será tu simiente como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, y al oriente, y al aquilón, y al mediodía; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. 15Y he aquí, yo soy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres, y te volveré a esta tierra; porque no te dejaré hasta tanto que haya hecho lo que te he dicho. 16Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. 17Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. 18Y levantóse Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y alzóla por título, y derramó aceite encima de ella. 19Y llamó el nombre de aquel lugar Beth-el, bien que Luz era el nombre de la ciudad primero. 20E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, 21Y si tornare en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios, 22Y esta piedra que he puesto por título, será casa de Dios: y de todo lo que me dieres, el diezmo lo he de apartar para ti.
Lectura 2 de 4 · En familia
Mateo 27
1Y venida la mañana, entraron en consejo todos los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos del pueblo, contra Jesús, para entregarle a muerte. 2Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato presidente. 3Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, volvió arrepentido las treinta piezas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, 4Diciendo: Yo he pecado entregando la sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué se nos da a nosotros? Viéras lo tú. 5Y arrojando las piezas de plata en el templo, partióse; y fue, y se ahorcó. 6Y los príncipes de los sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de los dones, porque es precio de sangre. 7Mas habido consejo, compraron con ellas el campo del alfarero, por sepultura para los extranjeros. 8Por lo cual fue llamado aquel campo, Campo de sangre, hasta el día de hoy. 9Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, que dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, que fue apreciado por los hijos de Israel; 10Y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor. 11Y Jesús estuvo delante del presidente; y el presidente le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. 12Y siendo acusado por los príncipes de los sacerdotes, y por los ancianos, nada respondió. 13Pilato entonces le dice: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? 14Y no le respondió ni una palabra; de tal manera que el presidente se maravillaba mucho. 15Y en el día de la fiesta acostumbraba el presidente soltar al pueblo un preso, cual quisiesen. 16Y tenían entonces un preso famoso que se llamaba Barrabás. 17Y juntos ellos, les dijo Pilato: ¿Cuál queréis que os suelte? ¿a Barrabás, o a Jesús que se dice el Cristo? 18Porque sabía que por envidia le habían entregado. 19Y estando él sentado en el tribunal, su mujer envió a él, diciendo: No tengas que ver con aquel justo; porque hoy he padecido muchas cosas en sueños por causa de él. 20Mas los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, persuadieron al pueblo que pidiese a Barrabás, y a Jesús matase. 21Y respondiendo el presidente les dijo: ¿Cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. 22Pilato les dijo: ¿Qué pues haré de Jesús que se dice el Cristo? Dícenle todos: Sea crucificado. 23Y el presidente les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Mas ellos gritaban más, diciendo: Sea crucificado. 24Y viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacía más alboroto, tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: veréis lo vosotros. 25Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos. 26Entonces les soltó a Barrabás: y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. 27Entonces los soldados del presidente llevaron a Jesús al pretorio, y juntaron a él toda la cuadrilla; 28Y desnudándole, le echaron encima un manto de grana; 29Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le burlaban, diciendo: ¡Salve, Rey de los Judíos! 30Y escupiendo en él, tomaron la caña, y le herían en la cabeza. 31Y después que le hubieron escarnecido, le desnudaron el manto, y le vistieron de sus vestidos, y le llevaron para crucificarle. 32Y saliendo, hallaron a un Cireneo, que se llamaba Simón: a este cargaron para que llevase su cruz. 33Y como llegaron al lugar que se llama Gólgotha, que es dicho, El lugar de la calavera, 34Le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; y gustando, no quiso beber lo. 35Y después que le hubieron crucificado, repartieron sus vestidos, echando suertes: para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta: Se repartieron mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. 36Y sentados le guardaban allí. 37Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESUS EL REY DE LOS JUDIOS. 38Entonces crucificaron con él dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. 39Y los que pasaban, le decían injurias, meneando sus cabezas, 40Y diciendo: Tú, el que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo: si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. 41De esta manera también los príncipes de los sacerdotes, escarneciendo con los escribas y los Fariseos y los ancianos, decían: 42A otros salvó, a sí mismo no puede salvar: si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. 43Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. 44Lo mismo también le zaherían los ladrones que estaban crucificados con él. 45Y desde la hora de sexta fueron tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora de nona. 46Y cerca de la hora de nona, Jesús exclamó con grande voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 47Y algunos de los que estaban allí, oyéndolo, decían: A Elías llama este. 48Y luego, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la hinchió de vinagre, y poniéndola en una caña, dábale de beber. 49Y los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. 50Mas Jesús, habiendo otra vez exclamado con grande voz, dio el espíritu. 51Y he aquí, el velo del templo se rompió en dos, de alto a bajo: y la tierra tembló, y las piedras se hendieron; 52Y abriéronse los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; 53Y salidos de los sepulcros, después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. 54Y el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, diciendo: Verdaderamente Hijo de Dios era este. 55Y estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido de Galilea a Jesús, sirviéndole: 56Entre las cuales estaban María Magdalena, y María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. 57Y como fue la tarde del día, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, el cual también había sido discípulo de Jesús. 58Este llegó a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús: entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. 59Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, 60Y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña: y revuelta una grande piedra a la puerta del sepulcro, se fue. 61Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro. 62Y el siguiente día, que es después de la preparación, se juntaron los príncipes de los sacerdotes y los Fariseos a Pilato, 63Diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. 64Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el día tercero; porque no vengan sus discípulos de noche, y le hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los muertos. Y será el postrer error peor que el primero. 65Y Pilato les dijo: Tenéis una guardia: id, aseguradlo como sabéis. 66Y yendo ellos, aseguraron el sepulcro, sellando la piedra, con la guardia.
Lectura 3 de 4 · Personal
Ester 4
1Luego que supo Mardochêo todo lo que se había hecho, rasgó sus vestidos, y vistióse de saco y de ceniza, y fuése por medio de la ciudad clamando con grande y amargo clamor. 2Y vino hasta delante de la puerta del rey: porque no era lícito pasar adentro de la puerta del rey con vestido de saco. 3Y en cada provincia y lugar donde el mandamiento del rey y su decreto llegaba, tenían los Judíos grande luto, y ayuno, y lloro, y lamentación: saco y ceniza era la cama de muchos. 4Y vinieron las doncellas de Esther y sus eunucos, y dijéronselo: y la reina tuvo gran dolor, y envió vestidos para hacer vestir a Mardochêo, y hacerle quitar el saco de sobre él; mas él no los recibió. 5Entonces Esther llamó a Atach, uno de los eunucos del rey, que él había hecho estar delante de ella, y mandólo a Mardochêo, con orden de saber qué era aquello, y por qué. 6Salió pues Atach a Mardochêo, a la plaza de la ciudad que estaba delante de la puerta del rey. 7Y Mardochêo le declaró todo lo que le había acontecido, y dióle noticia de la plata que Amán había dicho que pesaría para los tesoros del rey por razón de los Judíos, para destruirlos. 8Dióle también la copia de la escritura del decreto que había sido dado en Susán para que fuesen destruídos, a fin de que la mostrara a Esther y se lo declarase, y le encargara que fuese al rey a suplicarle, y a pedir delante de él por su pueblo. 9Y vino Atach, y contó a Esther las palabras de Mardochêo. 10Entonces Esther dijo a Atach, y mandóle decir a Mardochêo: 11Todos los siervos del rey, y el pueblo de las provincias del rey saben, que cualquier hombre o mujer que entra al rey al patio de adentro sin ser llamado, por una sola ley ha de morir: salvo aquel a quien el rey extendiere el cetro de oro, el cual vivirá: y yo no he sido llamada para entrar al rey estos treinta días. 12Y dijeron a Mardochêo las palabras de Esther. 13Entonces dijo Mardochêo que respondiesen a Esther: No pienses en tu alma, que escaparás en la casa del rey más que todos los Judíos: 14Porque si absolutamente callares en este tiempo, respiro y libertación tendrán los Judíos de otra parte; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora te han hecho llegar al reino? 15Y Esther dijo que respondiesen a Mardochêo: 16Ve, y junta a todos los Judíos que se hallan en Susán, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche ni día: yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y así entraré al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca. 17Entonces se fue Mardochêo, e hizo conforme a todo lo que le mandó Esther.
Lectura 4 de 4 · Personal
Hechos 27
1Mas como fue determinado que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión, llamado Julio, de la compañía Augusta. 2Así que, embarcándonos en una nave Adrumentina, partimos, estando con nosotros Aristarco, Macedonio de Tesalónica, para navegar junto a los lugares de Asia. 3Y otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando a Pablo con humanidad, permitióle que fuese a los amigos, para ser de ellos asistido. 4Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos bajo de Cipro, porque los vientos eran contrarios. 5Y habiendo pasado la mar de Cilicia y Pamphylia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. 6Y hallando allí el centurión una nave Alejandrina que navegaba a Italia, nos puso en ella. 7Y navegando muchos días despacio, y habiendo apenas llegado delante de Gnido, no dejándonos el viento, navegamos bajo de Creta, junto a Salmón. 8Y costeándola difícilmente, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. 9Y pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, porque ya era pasado el ayuno, Pablo amonestaba, 10Diciéndoles: Varones, veo que con trabajo y mucho daño, no solo de la cargazón y de la nave, mas aun de nuestras personas, habrá de ser la navegación. 11Mas el centurión creía más al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía. 12Y no habiendo puerto cómodo para invernar, muchos acordaron pasar aún de allí, por si pudiesen arribar a Fenice e invernar allí, que es un puerto de Creta que mira al Nordeste y Sudeste. 13Y soplando el austro, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, alzando velas, iban cerca de la costa de Creta. 14Mas no mucho después dio en ella un viento repentino, que se llama Euroclidón. 15Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo resistir contra el viento, la dejamos, y éramos llevados. 16Y habiendo corrido a sotavento de una pequeña isla que se llama Clauda, apenas pudimos ganar el esquife: 17El cual tomado, usaban de remedios, ciñendo la nave; y teniendo temor de que diesen en la Sirte, abajadas las velas, eran así llevados. 18Mas siendo atormentados de una vehemente tempestad, al siguiente día alijaron; 19Y al tercer día nosotros con nuestras manos arrojamos los aparejos de la nave. 20Y no pareciendo sol ni estrellas por muchos días, y viniendo una tempestad no pequeña, ya era perdida toda la esperanza de nuestra salud. 21Entonces Pablo, habiendo ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Fuera de cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no partir de Creta, y evitar este inconveniente y daño. 22Mas ahora os amonesto que tengáis buen ánimo; porque ninguna pérdida habrá de persona de vosotros, sino solamente de la nave. 23Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios del cual yo soy, y al cual sirvo, 24Diciendo: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado todos los que navegan contigo. 25Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho; 26Si bien es menester que demos en una isla. 27Y venida la décimacuarta noche, y siendo llevados por el mar Adriático, los marineros a la media noche sospecharon que estaban cerca de alguna tierra; 28Y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a echar la sonda, hallaron quince brazas. 29Y habiendo temor de dar en lugares escabrosos, echando cuatro anclas de la popa, deseaban que se hiciese de día. 30Entonces procurando los marineros huir de la nave, echado que hubieron el esquife a la mar, aparentando como que querían largar las anclas de proa, 31Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si estos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros. 32Entonces los soldados cortaron los cabos del esquife, y dejáronlo perder. 33Y como comenzó a ser de día, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: Este es el décimocuarto día que esperáis y permanecéis ayunos, no comiendo nada. 34Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud: que ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá. 35Y habiendo dicho esto, tomando el pan, hizo gracias a Dios en presencia de todos, y partiendo, comenzó a comer. 36Entonces todos teniendo ya mejor ánimo, comieron ellos también. 37Y éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis. 38Y satisfechos de comida, aliviaban la nave, echando el grano a la mar. 39Y como se hizo de día, no conocían la tierra: mas veían un golfo que tenía orilla, al cual acordaron echar, si pudiesen, la nave. 40Cortando pues las anclas, las dejaron en la mar, largando también las ataduras de los gobernalles; y alzada la vela mayor al viento, íbanse a la orilla. 41Mas dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave; y la proa, hincada, estaba sin moverse, y la popa se abría con la fuerza de la mar. 42Entonces el acuerdo de los soldados era que matasen los presos, porque ninguno se fugase nadando. 43Mas el centurión, queriendo salvar a Pablo, estorbó este acuerdo, y mandó que los que pudiesen nadar, se echasen los primeros, y saliesen a tierra; 44Y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la nave. Y así aconteció que todos se salvaron saliendo a tierra.
El plan McCheyne organiza el día en dos pistas: las primeras lecturas para el culto en familia y las demás para la devoción personal.
En familia
Génesis 28 · Mateo 27
Personales
Ester 4 · Hechos 27